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 Candil en mano, Bejarano remonta el cosmódromo

El artista, el escritor, el cineasta tiende a camuflar su identidad, tiende a escamotear sus espejos, sus otros yo; mismos que el arte, la escritura, la película revelan sin embargo todo el tiempo. Es natural lo uno y lo otro: es de comprender que el artista se proteja del psicologismo de solapa que tiende a leer en cada motivo una huella, una refracción de alguna vivencia o rasgo. Como es natural que el arte traicione ese pudor, ese recato. Especie de recurso antidoping, el arte denuncia aquello que el artista quiere velar, diferir, encubrir. Este es un juego entre pueril y complejo, para el que se necesita conocimiento sobre semiótica, biografía y, más que todo, sobre la vida misma.

Nunca hemos hablado propiamente de esto, ni creo que sea necesario. Bejarano pudiera ocultarlo, negarlo, que no hay regreso: ese hombrecito impenitente, cabizbajo, que asciende o desciende la cuesta a paso discreto, meditabundo, centro del cosmos y no obstante escabullido, sin muchas ambiciones, es él. Hubo un tiempo en que fue Martí; otro en que el hombrecito resumía, genéricamente, la condición del cubano; pero, con los años, me percato de que se ha ido esenciando cada vez más el motivo y ya hoy no abraza metáfora o alegoría que escape al propio cuerpo del artista, a las obsesiones de su mente, a su mundo de fantasmas y de desapariciones (de cosas queridas que ya no están).

En varias de las obras recientes, el hombrecito aparece a expensas del abismo, sobre el filo de un cuchillo inclemente, al borde de un paredón. Bejarano comenta así el peligro, la incertidumbre que frecuenta al sujeto (Nadie sabe sobre qué camina), pero, al tiempo, se autorretrata. Bejarano cumple así con el ritual de un viejo exorcismo que estaba por salir hacía tiempo: la confesión acerca de cuánto lo tienta y lo turba el riesgo. Son emblemas plásticos sobre el riesgo, parábolas incisivas sobre la aventura artística y su tendencia a desafiar el abismo; eso son. Y si eso son, retratan a Bejarano, un artista que perfectamente pudiera asentarse años sobre sus series más exitosas, pero en cuanto advierte que ha arribado a puerto seguro, vuelve a emprender la marcha y se embarca en una nueva aventura de conocimiento y de revelación. Pudiera decirse que Bejarano es un artista heterotópico, al que no le gustan demasiado los emplazamientos definitivos, sino los relacionales, los que indican cambio, estados mediales, de tránsito.

Puedo confesar, sin temor a equivocarme, que no ha habido un año de estos veinte transcurridos –donde juntos hemos cabalgado, paralelamente, entre el arte y la crítica- en que Bejarano no me haya sorprendido con un giro cuando menos lo esperaba. Digamos, la crítica reúne consenso sobre la calidad y la valía estética de una serie; pasan los meses, y cuando Bejarano me llama o escribe, para que vea “algunos trabajos nuevos” (lo dice con la humildad, el cariño y la inocencia con que un muchacho te enseña sus nuevos dibujos para colorear), durante algún tiempo esperé encontrar en la nueva visita variaciones enriquecidas a partir del código articulado, feliz, de los meses anteriores. Tantas veces me sorprendió con lo contrario, que ya hoy, cuando me convoca, sé que veré siempre un nuevo abismo creativo, un nuevo precipicio, un nuevo grito sordo. Sé que Bejarano estará otra vez al borde de un paredón, caminando sigiloso sobre un nuevo cuchillo, sin importarle en absoluto que los críticos hayamos consentido. Una fuerza mayor, adentro, lo manda, y él no puede resistirse.

“Los ritos del silencio”, por ejemplo, fueron una serie fuera de serie. Una cima. Parecía que después de aquello no había más pueblo en el imaginario de Bejarano, en la medida en que, con ese conjunto de trabajos, el artista fijó un repertorio de motivos y de tratamientos absolutamente ideales para sus viejos sueños conceptuales: la impotencia del sujeto frente a la inmensidad de conocimiento que supone el mundo, y cuando digo el mundo, me refiero, por igual, a la Isla y al cosmos. La sed, el espacio de suspensión entre el sujeto que anhela conocer, aprehender, y el mundo que se deja frecuentar pero difícilmente definir, animaban el protagonismo de aquellas escaleras infinitas, de aquellos puentes y muelles, de aquellos islotes, de aquellos hombrecillos apesadumbrados en el borde de una enorme mesa, aquellos rascacielos que no hacían sino empequeñecer la estatura de todos modos impertinente y batalladora del hombrecito, aquellas formas que eran huevos, islas, mundos. Rosas grises que anunciaban más un cementerio que un jardín. Caminos inciertos. Puentes virtuales, interrumpidos: el hombre expuesto a la imposibilidad de conocer, de asir, de fundar, de sistematizar. El hombre en plena crisis de creación; el hombre preso en su capacidad y su deseo de volar, de abrirse paso en la maleza del mundo.

Ciertamente, fue una serie tan espectacular -a su callada manera- que al menos esta no podía desaparecer de un todo. Es entonces que a Bejarano se le ocurre comenzar a probar con el volumen, con el relieve, con la superficie levemente escultórica, con la tridimensión. Bejarano prueba a poner en escena su repertorio de motivos de “Los ritos del silencio”, y comienza así a adentrarse en el territorio del objeto, la escultura, la instalación, a partir de un imaginario sumamente poblado en los años más cercanos, y desde una pertinente timidez, en tanto el artista declara que, a lo sumo, interviene superficies.

Lo cierto es que, en un primer nivel, Bejarano se regala la opción de describir, desde el volumen y la materia, aquellas situaciones que aparecían en la pintura. Este tipo de corporeidad puede darse de dos modos: como una mera traslación de medios (Descenso, entre la escultura y la instalación, 2006) o como un hallazgo más orgánico de una idea que, en lo escultórico o instalativo, resulta particularmente sintética, condensada, como si hubiera vivido siempre en el volumen o el objeto y no necesitara en absoluto de un referente pictórico. Es el caso de Nadie sabe sobre qué camina, pieza que tiene la fuerza de un mazazo, de un macetazo; que tiene la resolución, exacta, justa, donde no sobra ni falta un centímetro y donde el diálogo con el espacio aporta sentido de una forma decisiva. El ángulo desde el cual se mire Nadie sabe… resulta definitorio de la significación: No es el mismo riesgo del equilibrista desde abajo, que desde arriba, que desde un lateral, que a la altura de la mirada. Es por esto que en toda esta producción más reciente de Bejarano la museografía ocupa un lugar primordial.

En un segundo nivel, el artista se concentra en el trabajo expresivo con las superficies, ciertamente. Pudiera decirse que teatraliza la superficie, como modo de adensar la significación. Valdría citar aquí la serie de los “Eclipses”, donde el craquelado habitual en la pintura de Bejarano se vuelve cráter, herida del mundo, intento de rotura y apertura del volcán. No por gusto alguna de las obras de esta serie se titula Cosmódromo. Eso son: cosmódromos; figuraciones ahora volumétricas que tratan, histriónicamente, de emular la violencia simbólica del mundo hoy. La luz que incrementa la expresividad de los “Eclipses”, recurso teatral y al propio tiempo justo, exacto plásticamente, informa de la densidad trágica de esa violencia, introduce la intensidad poética que apenas amagaba en los lienzos. Los “Eclipses” son, a no dudarlo, eficaces puestas en escena de las cosmovisiones que estallaban en “Los ritos del silencio”; prolongaciones expresionistas, expansiones en conflicto, desarrollo artístico de obsesivas ideas plásticas.

Pero en otros casos, Bejarano renuncia de momento al cierto trascendentalismo simbólico de aquellas piezas –donde clasificarían también, con mucha intensidad, las superficies que trabajan la heráldica-, para darse a otro tipo de operación más cultural, más lúdicra, más perversa, en cuanto al juego con los distintos estamentos de la expresión cultural. Lo segundo sucede sobre todo cuando Bejarano interviene la serie de cuadros y bandejas “de la shopping” y los estetiza con atención a otra lógica cultural. Estos trabajos son particularmente estimulantes por la gracia con que el artista invierte el canon occidental en cuanto al vértigo de la alta cultura hacia la industria cultural: a la inversa de muchos artistas que pasan gato por liebre y nos venden alta cultura visual cuando sabemos que se trata de un kitsch del peor, de un nuevorriquismo deplorable, Bejarano toma los cuadros declaradamente kitsch, con su cromatismo insoportable, su exceso de efectos estéticos, su voluntad de acariciar al espectador como si se tratara de una canción de consumo, y somete todo eso a otro concepto estético: los embadurna de resinas, les baja el cromatismo hasta tonos más bien beiges, les impone una figuración más austera, y hasta introduce algunos de los personajes y situaciones ya típicos del repertorio-Bejarano.

En esta subserie asistimos a una operación de reconversión estética sumamente interesante; tal como si el artista dijera: a ver, así como tememos –no lo confesamos pero le tememos todo el tiempo- a la declinación kitsch de nuestro trabajo con la emoción y el sentimiento, ¿por qué no podemos intervenir la codificación kitsch e intentar un forcejeo de registros estéticos donde se rescate otro tipo de emoción plástica, de empatía cultural? Esta superposición física, fáctica, de dimensiones culturales, lejos de pretenderse como una corrección en forma de sanción, se propone meditar sobre la relatividad de los valores, sobre las máscaras frecuentes en tiempos posteriores a la antiestética; en tiempos en que la imaginería de shopping estimula en el artista un ansia de ejercitación que ensaye el juicio de la sobriedad. ¿Qué sucede, no ya cuando el kitsch se sobrepone al arte, sino cuando el arte emerge o asoma por sobre el kitsch? ¿Son tan claras las fronteras? ¿Los lindes no resultan mucho más frágiles de lo que suponíamos? ¿Por qué nos enamora ahora esta bandeja? ¿En tanto sabemos que fue intervenida por la marca-de-autor-Bejarano; o porque, en efecto, el artista consiguió una eficiente reconversión de valores estéticos? Se trata de una serie que lanza muchísimos desafíos a la interpretación cultural.

En un tercer nivel, el artista avanza más allá de la superficie, regresa al volumen o al objeto como tal, pero ya no para describir o comentar, sino para “modelar el concepto” en otra dimensión. Dentro de esta línea podemos encontrar igualmente variaciones de interés. Por ejemplo, una vertiente más esteticista, más entretenida en el modelado del material, en lo propiamente escultórico; sería el caso de la fuente Fecundación, de 2008. Y justo en la acera de enfrente yo ubicaría un grupo de piezas más radicales, que se deciden a intervenir o a trabajar directamente sobre el objeto, con una mayor desnudez de artificios, donde la idea depende de la contundencia del concepto sobre el objeto. Me refiero a trabajos como La caja hechizada; en este, es un ejemplo, Bejarano se limita a sentar a uno de sus hombrecitos sobre un acumulador (literalmente, sobre un acumulador), y aunque les aplica la pátina ya usual -los somete al trabajo de superficies que lo recorre todo-, sentimos la densidad conceptual que logra el artista en este tipo de instalación más sintética, menos retórica (de menos retórica estilística), de labor más directa con el objeto. La cantidad y la calidad de las lecturas posibles son aquí muy superiores: ¿Qué hace, en qué piensa ese sujeto sobre semejante dispositivo energético? ¿Qué domina, qué dispondrá en relación con toda esa energía? En mi criterio, Bejarano debería insistir más en la noción de instalación con este tipo de criterio estético, más desprolijo de afeites lingüísticos, donde la idea se desprende más de la misma apropiación intencionada del objeto que de la convención tradicional de la escultura, porque en lo primero consigue resultados artísticos muy superiores. En oportunidades, apreciamos términos medios, como la instalación Caña, de 2008, en la cual despliega el criterio de la acumulación, extiende el material –la propia caña-, la interviene con resina, y deja ver, por allá abajo, la irrupción del hombrecito por abrirse paso ante el peso del cañaveral.

Claro, no debo ocultar –no debo yo tampoco escamotear- que en ciertas obras instalativas de franco regusto escultórico, el artista llega a resultados igualmente valiosos. Citaría esas obras menos tendentes a lo lírico, más “secas”, más severas estilísticamente, como aquella (en madera, con farol y acrílico) donde el hombrecito asciende, candil en mano, por una escalera, hacia un hueco negro, hacia la noche, hacia la nada, o el todo; no se sabe. Hacia el aleph; como guiado por el hilo de Ariadna. Es, francamente, una pieza preciosa. En un medio u otro, el quid del procedimiento estético está en adensar la significación desde los indispensables, mínimos recursos expresivos, sin ningún tipo de “sobrante estético”.

Los títulos son, en la misma medida, detonadores utilísimos. Alpinismo a los cuarenta es un título que se basta solo (a lo peor ni sentimos necesidad de ver la obra) para expresar el sentimiento que embarga al autor ahora mismo. Ahora más que nunca el hombrecito está solo, tiene delante la cuesta, la montaña, la Isla, el mundo, y se pregunta por el sentido de todo. Cuando un hombre cumple cuarenta años, algo se detiene; es como si un volcán eclosionara de una vez, sin que se sepa hasta dónde puede llegar la lava. Mucho más, un artista. Lejos de las certezas que se esperarían, se duplica el desconcierto, la perplejidad: ¿Cómo remontar la cuesta? ¿Vale la pena tanta fatiga? ¿Qué me espera al término de ese horizonte?

En lo particular, yo no me asusto; estoy acostumbrado. Estaré junto a Bejarano en los cincuenta, me volverá a llamar, se volverá a sentir inseguro y me adentrará en un nuevo laberinto de espejos. Nos faltan muchas escaleras por emprender; de eso estoy seguro, aunque ahora haga como que me creo el drama de este minuto y sí, claro, todo esto es terrible y nos arrastra de una manera furiosa.

Créanme y compréndanlo: hoy más que nunca, Bejarano es el hombrecito incierto en medio de todos los interrogantes. Corporiza sus figuras, las ha vuelto mundo, para que no lo abandonen; para que, al poder palpar y recorrer espacialmente sus obsesiones, el espectador –¡ahora menos!- no lo deje solo, abandonado a la suerte de quien escucha y reúne fuerzas para -acompañado del candil- volver a subir.

Hemos cumplido cuarenta años. ¿Qué momento de la vida es este? ¿Nos corresponde otro alpinismo? ¿Otro? ¿Uno más? ¿Los “Eclipses” de hoy no son acaso los “Huracanes” de ayer? ¿Qué pasó que el mundo se eclipsó y no nos enteramos, todo se comenzó a apagar y apenas nos quedó en las manos el candil y el ansia de volver a remontar la cuesta?

Si ustedes tienen la respuesta, no abandonen, por favor, a Agustín Bejarano; ayúdenlo a paliar su angustia, dado que, vista la magnitud de la emoción y el desasosiego que por ahora lo ocupan, ni siquiera crear, esculpir, es suficiente.



Rufo Caballero
enero y 2009.
 

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