Página Central | Proyectos | Lo más Reciente | Cronología | Exposiciones y Eventos | Críticas y Escritos | Forum | Contacto | Obras  
La Aguja Mágica. Centro Cultural Francisco Prat Puig, Santiago de Cuba. Junio de 2004.

Catálogo. David Mateo. Exposición La Aguja Mágica. Junio, 2004.

Un grabador innato

Agustín Bejarano alcanzó a legitimar sus grabados entre finales de la década del ochenta y principios del noventa, formando parte de un grupo de creadores egresados del Instituto Superior de Arte que, sin tener mucha conciencia acerca de la trascendencia verdadera de su conformidad, propiciaron una serie de innovaciones en los procedimientos y modos representativos de la manifestación, al punto de llegar a colocarla en los niveles protagónicos que disfrutaban hasta entonces manifestaciones como la pintura y la instalación.

Es imposible mensurar la trascendencia de aquella etapa, y de aquel advenimiento que he denominado en más de una oportunidad “vindicativo”, si no reconocemos que tras él había fraguado un instante de equidad entre la evolución del pensamiento crítico, cuyos máximos exponentes fueron los años ochenta, y el dominio absoluto de las técnicas tradicionales del medio, como resultado de un desarrollo histórico sostenido de mas de cuatro siglos.

La suya fue quizás una de las obras que mejor corroboraron la singularidad artística de ese momento, pues puso a prueba la idoneidad de un método que, aunque ya era conocido en Cuba desde principios de la década del sesenta, resultaba muy poco frecuente su uso entre los grabadores cubanos: me refiero al impreso sobre plástico (1). Contando tan solo con el auxilio de una aguja de coser – no precisamente mágica, como luego nos ha hecho creer- fue descubriendo con mucho esfuerzo una manera peculiar de trasladar al acetato los rasgos de un delineado preciso, minucioso; la fórmula para hender sobre la consistente superficie -como si se tratara de la aplicación de una punta seca- cada uno de los surcos diminutos, que irían conformando esa figuración de corte renacentista que lo caracterizaría hasta la actualidad. De tal modo, que hasta el año 1999 había creado ya, como resultado de todo ese proceso de revelaciones técnicas, más de 40 obras impecablemente impresas en cantidades de hasta 10 ejemplares.

Con la misma entereza, Bejarano alcanzó a complementar esa incursión puramente práctica con una reflexión profunda acerca del individuo, la sociedad y su memoria histórica, en el que se privilegiaba la perspectiva de una mirada intimista y a ratos doméstica. Con ello contribuiría en lo personal a refutar la ausencia de proporción, de correspondencia entre el artificio y la retórica, que tanto le había achacado la crítica al ejercicio del grabado en Cuba en períodos precedentes. Su caso es todavía mucho más relevante, si tenemos en cuenta que sus aproximaciones al grabado, a diferencia de casi todos sus coterráneos, pesegían el propósito exclusivo de hallar un medio y no un destino; de encontrar un sistema, una modalidad que le facilitara la implementación de ciertos arquetipos visuales y sus trazados compositivos complementarios, y sobre todo, que le facilitara la búsqueda de un equilibrio entre los distintos planos de luces y sombras.

Aunque ya lo he declarado también en comentarios anteriores, me gustaría volver a resaltar la idea de que fue justo el sentido de la sublimación y la aprensibilidad hacia el objeto, que hubo -y hay todavía- en cada sondeo artístico de Bejarano, lo que propició desde el mismo minuto de su ascensión en la escena pública, la credibilidad y elocuencia de sus alegorías, aún cuando ellas se apropiaran incluso de recursos un tanto reincidentes, o aludieran fenómenos de lógica reiteración en nuestro ámbito social; y en especial, fue esta además una condicionante decisiva para que madurara a la vista de todos una vía espontánea, natural de articulación entre las formas y el contenido de sus propuestas artísticas.

Pero lo lamentable es que ese importante impulso de renovación dentro del grabado, del que fue uno de sus principales protagonistas a finales del siglo XX, apenas ha tenido en el presente unos pocos epígonos. La causa más elemental podríamos hallarla en las nuevas exigencias que el mercado del arte ha impuesto sobre los recursos y soportes creativos; en la posición desventajosa en que ha sido colocado el grabado ante la competitividad especulativa. Pero creo también que las razones podrían tratarse de despejar por intermedio de otras interrogantes no menos perturbadoras: ¿Está nuestro andamiaje académico actual lo suficientemente pertrechado para formar un prototipo de grabador como el que se impuso en la escena artística cubana entre finales del ochenta y principios del noventa, y del cual Bejarano -junto a otros artistas como Belkis Ayón, Ibrahim Miranda, Sandra Ramos o Abel Barroso- constituyó uno de sus principales modelos?; ¿Existe una generación de grabadores en activo habilitada para consolidar y expandir la voluntad de cuestionamiento y experimentación que erigieron estos artistas hace ya más de diez años?; ¿Cuánto podría pesar en realidad sobre nuestra conciencia el paradigma?

Sin embargo, debo confesar que al margen de cualquier respuesta todavía me siento en extremo optimista. Pienso que aún están demasiado frescas aquellas experiencias innovadoras del grabado como para que perdamos el rastro; como para que alguien con suficiente sagacidad y talento no decida apropiarse de ellas y enriquecerlas. Podrá incluso la pintura absorber eventualmente casi toda la atención de algunos de nuestros mejores grabadores, como ha ido ocurriendo con mucha efectividad en el propio Bejarano; pero su innata inclinación hacia el artilugio, hacia lo procesal o metódico dentro del acto creativo; y aun más, su perenne afición por el dibujo, lo llevaran a ratos de vuelta hacia el grabado... Y puede que hasta volvamos a verlo de nuevo con los dedos enrojecidos, adivinando a contraluz en el acetato lo que ha de ser irrigado por la tinta; lo que una prensa dejará en estampa irreversible para la tradición, y para el alborozo de quienes un día lo apostamos todo a sus grabados.

(1) El fallecido grabador cubano José Contino, fue el primero en intentar introducir la enseñanza colectiva de esta técnica en Cuba, específicamente en el Taller Experimental de la Plaza de la Catedral. La había descubierto a su paso por Alemania alrededor del año 1964.

David Mateo

OBRAS EXPUESTAS
Art-Havana.com!